miércoles, 29 de junio de 2011

El evangelio según...


Lorenzo Villalonga

Desde las catacumbas literarias


«Cuidadosamente, el señor va trazando su retrato con una técnica de miniaturista y un amor de pintor holandés. Él mismo se da cuenta y escribe el siguiente comentario: “Así como el arte impresionista expresa dispersión, la miniatura significa densidad y concentración, es decir, amor. Millet no sabe amar de cerca, cosa que me parece equivalente a no saber amar de ninguna manera. Las mujeres no son manchas ni efectos de luz y han nacido para ser acariciadas, bien con el tacto, los ojos o el pincel”. (…) El hombre de las cavernas podía prescindir de la mujer que era peluda y se le parecía. Hoy la feminidad es un producto exquisito y necesario, que debe verse y gustarse de cerca; quiero decir, con toda calma. Los años, al desengañarnos del amor-curiosidad, nos hacen apreciar la infinita gama del amor-costumbre, o, si se prefiere, del amor-miniatura. “Qué verás en otro sitio que aquí no veas?”, se pregunta Kempis. Los maestros de la escuela holandesa, comprendiéndolo así, pintaban con procedimientos de miniaturista, o sea, lo opuesto a esa horrible escuela de Barbizon que está hoy de moda, y no necesitaban buscar temas “interesantes”, como en la novela de aventuras, porque todo lo que se mira detenidamente es hermoso».

Bearn o la sala de las muñecas (1956).

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