martes, 1 de julio de 2014

La Mala


Puerto de Trieste (Italia). Junio, 2004


A La Mala la conocí en Duino hace diez años cuando estudiábamos el bachillerato en Italia. Así la llamaban: La Mala. Estaría entonces entre los dieciocho y los veinte. Era gorda y era la bomba. Ella misma dijo una vez que llegó a pesar tres cifras (más o menos así: $$$) y era la bomba. Un amor de Hiroshimas. Soplaba y engordaba. Y eso tenía su música.

Iba casi siempre con unos bluyines que enfundaba luego con un faldón floreado por encima y hasta los tobillos y con unos zarcillos redondos de fieltro rojo que había comprado en un mercadillo en Helsinki y que batía cantando «songoro-cosongo-songoré». Yo no diría exactamente que fuese gorda, sino abundante. Rubensiana. Y tetuda. Copiosa de tetas, más bien. Y era el colmo del exceso y del barroquismo porque casi siempre se le desbordaban por entre las costuras como si ellas mismas estuviesen a punto de liberarse como una ballena del sostén  (eran las Willy-Secret: llamémoslas así). Pero habría que verla otra vez como hace diez años, apechugando a unas y otros, y allí, entre una de María Guevara y la otra de Pilar Ternera, reclinaba la cabeza del cariñoso interlocutor que se quedaba entre almohadones y almidonado, corazónmente, allí, cucurruteando y caribeñeando frente al Adriático, y entonces le hablaba al oído, lo aconsejaba, le musicaba, lo enternecía, lo consolaba. La Mala. 

Hablaba poco inglés, pero tenía mucho lenguaje corporal (y nunca, que yo sepa, pasó hambre por eso; aunque de vez en cuando tenías sus enroques y deslices: el rap por el rape, Naples por nipples). Yo digo que si tenía algo del realismo mágico de la Guevara y la Ternera lo sacaba cuando exorcizaba y ponía a todo el mundo a barloventear (y por todo el mundo, me refiero a finlandeses, rumanos, lituanos, sudafricanos, chinos, musulmanes, catalanes, albinos y mochos, pero ¡ay! les advertía—: «No le pegue a la negra»). La de bachatas que se corría... Se iba al Mickey’s —el bar de Duino— y se montaba el Tropicana. Ya decía entonces que era más latina que Virgilio y, por esa época, tenía una cumbia vishera que le cantaban: «Ay, la Lore, ay la Lore Ma-la, baila, baila, pero no me a-ma».

Ya les digo, yo no diría exactamente que fuese gorda, sino que tenía mucho amor que dar. Y daba mucho porque le sobraba. Era rumbosa. Pero eso sí ¡quencúyere! cuando La Mala se ponía a enamorar o a enamorarse (ya La Lupe sabía que tenía que sacarse un tacón y enristrarlo y todo lo Sagrado subirse el cielo). Aquello venía seguro con catástrofe telúrica y profiterol. Sei tanto volcanica, le decía Viviana. Sei così sismica, le insistía Cristina. Y es que era todo eso: un amor en escala Richter. Un día, ya en Caracas, esculpiéndose en carnes en una bailanta (u orgipiñata, como cariñosamente las llamaban), en un movimiento tetudo y batiente, cacheteando y noqueando por igual a amigos que a desconocidos —era así de desmandada y carecía de esos pudores— ella misma se coronó y quedó así temida: Tsunami (mucho más exclamativa, con más papelillo, claro: ¡¡¡¡Tsunamiiiii!!!).

Qué divertida era la Mala, de verdad. Es que era la bomba calórica y el tsunami. La bomba de Ricky Martin y la bomba pastelera (de las que hacía La Agüela, de las que rebotaban). Y ni hablar de cuando se ponía a repartir besos (a veces los repartía y otras veces los infligía). Era como el personaje de Cortázar, pero en lugar de vomitar conejitos, a La Mala le daba por salivar y endulzar con besos que iba eligiendo y entrompando como de una bombonera. Pasaba que estaba muy viva y aquella vida creía que había que insuflarla dulcemente así, tal cual, sin bozales y boca a boca (cuánto nos divertimos con el cotillón de la bombonera, que sí que sí que no que no).

Creo que pocas veces me he reído tanto en estos diez años como con ella y con sus amigos. Aquel sentido del humor se descorchaba solo y ya era solo burbujearse y reírse encima, y sorber de la misma botella entre todos y dejarse espumar. Ah, y esa borrachera, esa alegría espumante del vino para mí ha sido —lo juro— la pura felicidad.

A partir de los últimos veintes, La Mala y yo dejamos de frecuentarnos. No sé exactamente qué pasó. La Mala fue adelgazándose (me consta que hizo algunos recortes presupuestarios y cambió la Nutella por la miel, y luego la miel por la Splenda), se escabullía creo—, tuvo miedo de algo. Entonces la eché mucho de menos. La extrañaba a bombonones. Siempre pensaba: «Aquí La Mala diría esto y haría aquello»«Seguro que La Mala no se habría perdido este bombardeo por nada del mundo». La Mala.

Supongo que puedo contarles todo esto de ella porque ya no somos (ni creo tampoco que podríamos volver a ser). Supongo también que les cuento todo esto porque fue una persona que me hizo muy feliz.  Esto es lo que pasa cuando se cumplen treinta años. Pasa que ya no soy La Mala y ustedes, quizá, ya tampoco son los que fueron, los que ella recordaría.

Todavía con el último de los veinte, cuando llegue esta tarde a Duino, en esta víspera del 3 de julio, me empezaré a despedir de ella. Allí nos reencontraremos diez años después, nos abrazaremos y brindaremos juntas a la salud de todos los que nos acompañaron en esta década. Brindaremos allí, en la copa alta del Adriático, brindaremos por nuestros grandes amores, por ustedes, los amores de toda una década.

Y, poco a poco, despediré a La Mala e iré bienviniendo a esa otra, a esa nueva desconocida que ya soy. 

Pero una copa esta copa siempre quedará servida entre nosotras.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Silvana


Todos los 21 de noviembre solía llamar  por su cumpleaños a mi madrina y maestra de literatura Silvana. Todos los 21 de noviembre desde que nos conocimos, incluso algún año desde Madrid, a donde me vine a seguir la vocación que ella me había contagiado. Esta carta fue lo que logré esbozar en un cuaderno el día que me enteré de su partida y que vale por todos estos años en los que nunca nos separamos.

*

La vida, la vida hay que gastarla, decías. Y que a la hora de entregarla sea un gesto leve, sencillo. No hay que tener miedo de perder la vida, de dar la vida.

Desde la capilla del Colegio, Manuel relató la delicadeza pasmosa de tu gesto. Te tenía agarrada de la mano cuando le pareció que la entregabas. Dijo que había sido el colmo de la discreción. Eran las cinco y media de la mañana del 12 de agosto. «Vi a mi madre bella, sonriente, con la boca pintada de rojo como se la había pintado mi hija. De repente se empezaron a escuchar unos aplausos. Era la lluvia que preparaba el cielo para recibir a una reina».

Después de este testimonio y de la misa de acción de gracias en la que nos reunió, salí al estacionamiento de nuestro Colegio San Ignacio y muy cerca de nuestro edificio de Humanidades me llegó de pronto un intenso olor de rosas. No me sorprendí. Silvana tenía eso milagroso de las santas. No me extrañó que se convirtiera en todo aquello: efluvio de rosas, lluvia de estrellas, las lágrimas de San Lorenzo (la noche de más actividad estelar en Caracas fue justo la del 12 de agosto).

En esa acción de gracias estaba demorándose cuando fui corriendo a Caracas a abrazarla, apenas supe de su enfermedad. Entonces, fui la hija pródiga que quiso volver a casa, desanduvo el camino, pero encontró la casa vacía, sin madre. 

Silvana fue mi maestra en el sentido más clásico, mi mentora de vocación, la miel tersa de la madre sobre la frente afiebrada. Como el poeta, a veces he creído que se hizo maestra para demostrarle a Dios que sus alumnos éramos inocentes. Porque para Silvana no había mancha en el Quijote.

Es posible que desde Borges nadie haya leído aquel libro con tanto goce, tanta devoción, tanta premura y tanta fe. Era su Biblia personal, su humanísimo escapulario. Hace más de diez años, cuando estaba en bachillerato, no sabía si lo había leído una docena de veces. En ella se conjugaba una conmovedora dualidad, una dualidad sin doblez: tenía esa vocación fáustica por el conocimiento, una honesta pasión por la lectura y por el aprendizaje equiparables a los que tenía por un buen cigarrillo y por los caramelos de regaliz y que he vuelto a ver con rareza y algún golpe de suerte en pocos profesores. Una vez escuché que a los once años ya había leído la Biblia dos o tres veces y un día me contó al teléfono que en una tarde deshojó Rayuela, mientras esperaba a uno de sus hijos en un cuarto de hotel en Nueva York. Muchas veces he pensado que Silvana era nuestra Sor Juana, una mujer extemporánea, excepcional, mística, erudita, «sagradamente mundana» y me atrevería a decir que, como todo espíritu avanzado, fue a la par una mujer admirada e incomprendida. Y sin embargo, como dijo uno de sus hijos «su excelencia no era intimidante, sino contagiosa; era una mujer de juicio que no juzgaba sino que sostenía las manos».

Sin embargo, a este prodigio de erudición se orillaba otro: su inocencia. Solo bastaba escucharla hablar de su infancia en Italia, en su Nápoles querido, narrar aquellos años de la guerra cuando durante los bombardeos inventaba historias en refugios improvisados en medio de la campagna italiana. Eso me lo contó una tarde mientras nos daba el sol en el balcón de su apartamento en Las Mercedes, tomando café, hasta que nos agarró la noche y seguimos conversando aunque ya no nos veíamos, justo como ahora, supongo. Ya en la penumbra empezamos a hablar de Vicente, su gran amor. La sensación que guardo de aquella conversación es la de un piano abierto. Siempre recuerdo su caligrafía con el apellido de Vicente junto a su nombre  Silvana Rennola de Losada, en cursiva, además, una enredadera briosa como la que dicen que juntó más allá de la muerte a Tristán e Isolda.

Sí. Solo bastaba con verla mirar: no había mancha.

Su partida nos devuelve a la indefensión de la infancia. Este agosto, recorriendo los pasillos vacíos del Colegio donde la perseguía siempre llena de preguntas, me sentí en un jardín huérfano con un juguete roto, uno de los más queridos, la rueca de Penélope, el olifante de Rolando.

Gracias, Silvana querida, maestra querida, gracias.

Así lo dejaste escrito con tu letra en el encabezado de un examen que encontré este agosto en una búsqueda desconsolada entre las cajas del sótano. Hoy, en tu día, vuelvo a ti estas palabras y las celebro en tu nombre, mi Silvana: «Pienso que todos los cielos, arcanos y presentes, te deberán bendecir cientos de veces».

Y para siempre.


jueves, 17 de octubre de 2013

Manifiesto Walser

Con José Ignacio Benítez






«Quizá se hayan dado repeticiones aquí y allá. Pero he de confesar que veo la Naturaleza y la vida humana como una serie tan hermosa como encantadora de repeticiones, y además quisiera confesar que contemplo esa misma manifestación como belleza y como bendición. Desde luego que en algunos lugares hay cazadores y degustadores de novedades, echados a perder por exceso de estímulo, ansiosos de sensaciones, hombres que ansían casi cada minuto goces no disfrutados aún. El poeta no escribe para tales gentes, como el músico no hace música para ellos y el pintor no pinta para ellos. En conjunto, la continua necesidad de goce y prueba de cosas siempre nuevas se me antoja un rasgo de pequeñez, falta de vida interior, alejamiento de la Naturaleza y mediana o defectuosa capacidad de comprensión. Es a los niños pequeños a los que siempre hay que mostrarles algo nuevo y distinto para que no estén descontentos. El escritor serio no se siente llamado a acumular material, ser pronto servidor de nerviosa codicia, y consecuentemente no teme algunas naturales repeticiones, aunque por supuesto se esfuerce siempre en prevenir con celo que no haya demasiadas similitudes».

-Robert Walser, El paseo (1917).

miércoles, 21 de agosto de 2013

El psicotrópico




Quiere uno hablar de la belleza derramada del trópico, de ese cáliz que desborda, de esta luz que nos pone de rodillas, del zorro que cruzó hace unos días el patio de mi abuela, de los fresones obscenos que venden los buhoneros en Plaza Caracas. Quiere uno besar esta tierra de gracia y digresionar, perderse en el embrujo de la selva húmeda tropical, uno, dos, tres clicks en el mapa, sí, aquí, maravilla pura, Caracas, Venezuela.

Quiere uno digresionar y, qué dolor, qué dolor, Mambrú, termina uno desgracionando. Basta con tener que pisar un ministerio, necesitar, por favorcito, una cédula, oh, pecado, hacer un trámite mínimo, renovar un pasaporte, como era mi caso hoy a las 6.25 de la mañana en el Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería de la Baralt. Siete horas de espera ya pude haber llegado a Mochima, mojar los pies aquí mismo en Patanemo, pero no, siete horas en una silla inmóvil de piñata sin cotillón, ahí, braceando con los pies, para morir ahogados en la orilla. Un clásico.

Al cabo de las siete horas llaneras, llego, por fin, al mostrador de Angie, le explico lo de la renovación, le explico que necesito volver a España, y va uno deshojando papeles, total, somos dueños del Amazonas, venga, va, que no somos finlandeses, veinticinco copias, Angie, cuánto vale aquel árbol de allá que necesito volver a España. Tala y quema, la pira burocrática. Todo parecía arder a favor, hasta que Angie tecleó el siniestro número y lo ingresó en “El sistema”.

Ay, mamita, aquí “El sistema” me dice que tú estás divorciada. ¿Tú no eres divorciada, verdad? Si no es así, no te puedo tramitar el pasaporte, reina, hasta que no me traigas una carta de soltería notariada porque si no está notariada no vale.

Uno de verdad quiere hablar bonito de Angie, piropear a esa morenaza simpática, contar lo linda que se veía masticando su chocolate blanco justo antes de teclear el siniestro número.

¡¿Divorciada?! ¡¿Yo?!

Como dice mi amigo Ángel, había que parar la escena allí e invitarle un guayoyito a Angie para explicarle lo francamente imposible, lo jurídicamente inviable que era que yo estuviera divorciada. Por mi madre, Angie, ¿con azúcar o así mismito, mi negra?

Mi amor, “El sistema”. No puedo hacer nada. Vente mañana con tu cartica y lo modificamos.

Allí comenzó mi desgracionar.  Después de siete horas, un madrugonazo llanero, tres cafés y treinta y cinco copias, cuarenta, sesenta “El sistema” supo mejor que yo de mi divorcio. Es más, por lo visto, anteriormente, comió tequeños, bebió güisqui y hasta me arrancó el liguero en mi propia boda (dado que supongo que hay que casarse primero para poderse divorciar), pero eso sí, después del divorcio me dejó indocumentada y loca en la repartición de bienes. “El sistema”. Una desgracia kafkiana, pura burundanga administrativa. Te pone a dudar, lo juro.

Mi historial con la administración pública de este país es para escribir el Desgracionario porque da para mucho desgracionar. A lo mejor usted cree que está felizmente casado, ¿verdad? Imagínese. En ese caso, tiene dos opciones. O blindar su fantasía y nunca jamás ocurrírsele someter su felicidad a la ruleta de la fortuna en la que consiste abandonar los dígitos de su cédula de identidad a “El sistema” (en ese caso, no le queda otro destino que vivir indocumentado, burlar las fronteras entre melones o guacales de yuca, entre balsas jineteras, o hacerse también el Jairo o la garota). O, si por el contrario, es grande su sospecha o su curiosidad acerca de los hilos profundos que mueven su vida conyugal, está disponible la opción de jugarse el tarot del Saime. Los escenarios son variados, insospechados, aleatorios y rocambolescos. El tarot del Saime puede arrojar sobre su cándido pañuelo todo tipo de arcanos: infidelidades, rupturas, casamientos, divorcios y defunciones. Y así desenmascarar a los actores conyugales o quizá revelarle su más oculto deseo (quizá, el mío, era el divorcio; no lo sé, ahora me pone a pensar). Otro oráculo bolivariano. El vergatario del esoterismo y la superchería. "El sistema".

Fígurense. El marido o la esposa que creía usted su compañero o compañera de vida, regio de salud, en plena flor de la juventud, puede que ya “El sistema” le haya diagnosticado algo si usted aparece como “viudo” o “viuda”. O, puede darse el caso de que a aquella relación que creía duradera, firme, finalmente asentada pueda entrarle, de pronto, la malaria de la duda si aparece usted como “divorciado” o “divorciada”. Ya lo pone a usted nervioso aquel incidente; un poco irritable, la confusión; y es probable que por la misma predisposición, “El sistema” acabe teniendo razón sobre su destino. Hay que pensárselo dos veces antes de mostrarle el número al brujo. Con suerte, saldrá usted ilesamente “soltero”, en caso de que no lo fuera, aparentemente con traumas menores y, por supuesto, deberá agradecerlo: “El sistema” habrá sido generoso con usted. Le habrá dado otra oportunidad.

Pero si se creía usted soltero —¡como hubiese jurado que era mi caso!— y resulta “divorciado-ado-ado” (con eco, por supuesto, como “culpable-able-able”) las probabilidades se tuercen. Ya está pensado uno en cambiar cerraduras, enterrar las morocotas de la abuela (aquella herencia ínfima), irse los jueves a Yesterday a buscar marido. Pero después de todo, después de aquel despelote fundacional, de aquel desvarío, uno lo que ve al final de la orilla, siete horas remando, la sed, la somnolencia, el delirio es a Murphy, a Morfi Rafael, sonriéndonos de lado, pelándonos el diente de oro.

De verdad, queridos míos, hace mucho que ya que no vivimos en el trópico, sino en el psicotrópico.


miércoles, 20 de febrero de 2013

Menudo eufemismo


—Entonces, ¿es guapo?
—Verás: tiene bonita letra.
—Será buen escritor.
—Ya te digo. Tiene una letra muy bonita.   

lunes, 18 de febrero de 2013

Feliz 1994






Omama llegó de Venezuela estas Navidades con un regalo para Carolina: una tarjeta que mi hermana había escrito con ocho años a tía Ilga, la hermana de mi abuela y que mi abuela encontró antes de su viaje. Hay dos cosas en este tipo de hallazgos que me resultan sobrecogedoras. La primera es la de recibir una carta que hemos escrito y que ha vuelto a nosotros pero, sobre todo, si la hemos escrito cuando éramos niños. La segunda es la de enfrentarse, nuevamente, a la letra de la infancia, ese diente roto (no creo que haya fragilidad más violenta).

Los que nacimos en 1984 estábamos a punto de cumplir diez años cuando mi hermana escribió estas líneas, pero todavía éramos un 9, un número solo, sobre un solo pie. También fuimos otro tipo de 9: un 10 menos 1. Un esto menos algo. Pero 1994 tenía la promesa de dos manos cumplidas y diez dedos.

Claro, a los nueve años nos faltaba un dedo en una mano. Teníamos una mano más humana y otra más anfibia. Qué decir de la mano de mi hermana, esa otra mano siniestra y pajaril de tres dedos con la que a los ocho años, sin temblor ni falta, suscribió que 1994 sería feliz. Los que nacimos en 1984 tendríamos dos manos nuevas, recién florecidas y a ella solo le faltaría la promesa de un último dedo. 

Tía Ilga murió seis años después, en el 2000, con casi noventa dedos (con noventa dedos todavía la vi tocar el piano en Nochebuena; luego el piano se cerró y se quedó sin dedos y el resto de las Nochebuenas sin tante Ilga el piano se escuchaba así: como un puño cerrado). Un día como hoy, también, mi abuela Ligia cumpliría noventa y un dedos.

Quizá nacer sea entrar al mundo con las manos limpias, con dos puños ciegos y simples: sin anillos. Porque cuando crece el primer dedo ya nos inicia en la aritmética de los préstamos y las deudas, del cálculo, de suma diez y llevo una, de los dedos como dígitos. Ya todo es cuestión de tiempo para aprender a alargar los dedos y robar la fruta. Y así, de pronto, se acaba la infancia: con la primera huella dactilar sobre un expediente y una cáscara.

No recuerdo si 1994 fue un año feliz como suscribió mi hermana con su mano pajaril de tres dedos. Yo debí serlo y seguro que lo fui porque, a saber, ya no me faltaba ningún dedo. Vivía, podría decir, una era plenamente digital (aunque para lo digital a mí siempre me han faltado dedos). En todo caso, a los que nacimos en 1984 la felicidad nos duró, supongo, hasta 1995. Porque cuando cumples 11 años descubres que todos tenemos, al menos, un dedo postizo. A partir de 1994 me empezaron a sobrar dedos, pero nunca dejó de faltarme ese, el más falso y también, como en todos, el más acusador.

Yo hubiese preferido, simplemente, esa otra mano pajaril de tres dedos que escribió Feliz 1994, que sabía escribir.

jueves, 18 de octubre de 2012

Un apunte para el 7-O




Hace pocos días, todavía en medio del deslave verbal que produjeron las elecciones venezolanas del 7-O, encontré en el barro un viejo metal encantado. Una edición que compiló en el 2010 la Universidad de Los Andes con los Dichos del poeta Rafael Cadenas. El hallazgo ha sido reparador: «un instante sonoro de metal antiguo» en medio del diluvio y el disparadero.

Me llamó la atención que Cadenas empezara a escribir sus primeros aforismos a principios de los años 70, con las últimas detonaciones de la guerrilla y al borde de otro diluvio, el de la Venezuela Saudita. Ah, la Venezuela Saudita: esa chica plástica.

De esas que cuando se agitan,
sudan Channel number 3

Al derroche nacional (y sus descorches), Cadenas ha opuesto la austeridad del aforismo. Una piedra en el torrente. Un toque de cencerro en el matadero. De ahí que en el prólogo, Joaquín Marta Sosa se refiera al aforismo como el «anti-discurso», como «un género para tiempos de crisis». Es así: nada más adverso a los excesos de la retórica hueca, esa otra chica plástica.

No le hablan a nadie si no es su igual
a menos que sea «fulano de tal»
(Qué fallo)

A la palabra, Cadenas dedica en sus aforismos la ética sin cosmética. 

Uno de los hallazgos más valiosos de este 7-O para la política venezolana fue el discurso de Capriles luego de la derrota. También lo ha sido su recorrido por el país, su conversación con los venezolanos. Creo que Capriles ha hablado desde la honestidad, con ética y sin cosmética. Ese camino, sí que lo vi.

*
Aún, hay dos cosas que considero fundamentales del prólogo de Marta Sosa. La primera es la cercanía que guardan estos Dichos con la sabiduría del refranero castellano y criollo y que, en Cadenas, dialoga con la tradición del proverbio oriental y del haikú y estrecha su afinidad natural con el alma popular. La segunda alude al ejercicio de una conciencia moral y cívica, política en su mejor sentido, pero que, sin embargo, «no se agota en lo político».

En una ocasión, aquí en Madrid, escuché a Cadenas hablar del río de su infancia en Barquisimeto. Luego contó que «Barquisimeto» significaba «río de agua color ceniza». Esta memoria me trae el apunte de uno de sus Dichos:

«Protege tu sencilla camisa que aún está sobre la cuerda de los patios de la infancia».

Me parece que esto vale por todo cuanto se pudo haber escrito sobre el 7-O.

**

Algunos Dichos

El espíritu es cosa desarmada.

Que los seres humanos se vean a sí mismos como son, sin juzgarse, constituye hoy tal vez la subversión más válida.

Estar sin ídolos, con la vida, siendo.

Lo esencial no es de ninguna época.

El fanatismo es la absolutización de un lenguaje.

Siempre espero palabras que toquen el cuerpo.

La otra orilla pertenece a los que aman, y ellos la convierten en esta orilla.

Cuando nada pedimos, el mundo destella.

No se puede escribir cosa valedera sin haber estado en el infierno.

Nos reunimos para hablar de lo que no es esencial.

Aceptar la idea de nación es aceptar la idea de guerra.

Somos arenas susurrantes.

La vida, ese hecho deslumbrante, inasible, tremendo, no es suficiente para el hombre. Él
exige más, y por supuesto, nada puede aplacar su descontento.

Sólo el niño ve brillar el barro.

Los ojos reciben innombradas las cosas.

El mayor cargo que puede hacérsele a la utopía: nos quita del presente que es lo mayor.

Cuántas utopías derrumbadas. Eso te abrió los ojos. Agradécelo.

El hombre ha hecho tal culto del cambio que se olvidó de vivir.

Hemos empleado vanamente la inteligencia en la tarea de explicar el esplendor. No nos interesa sentirlo. Estamos un poco muertos. Entonces nos damos a buscar. “sensaciones nuevas”. Como si el mundo no estuviera siempre haciendo eclosión frente a nosotros.

Estoy lejos del lugar hacia donde partí, pero a veces puedo ver que es el mismo donde siempre estoy.

Haber herido a personas queridas le ha dejado cicatrices sobre las que ha tratado de formarse.

Si bien se mira, la alegría es más profunda que la tristeza.

Culparte es derramar tu vino.

Son tantas las ideas arrasadas que sólo debería quedar la realidad sin más.

Hay quienes no se permiten ser suaves por temor a disolverse.

Sólo si no te juzgas, puedes hacer transacciones con tu sombra.

Los rótulos no dejan ver a los seres humanos.

Trata de que tu mirada sea libre.

Los de veras vivientes no hacen revoluciones; la revolución son ellos.

Siempre espero que las palabras se salven de nosotros.

¿Por qué hablamos de lo desconocido como algo separado de nosotros?

Aún no te veo encaminarte a donde hablarás sin alzar la voz.

Desconocía su idioma; por eso hizo una brillante carrera política.

Su cultura no le impedía servir a un dictador.

Qué recio el tenerse en vilo sobre lo arrasado.

Abandonado te quiere lo inmenso.

Lo único que no termina nunca es el presente.

Cada instante es un regalo. Esto nos debería volver humildes y hacernos dar las gracias ¿A quién?