viernes, 16 de enero de 2015

Eros, atención y sensual apertura


Para un ars pedagógica

A mis alumnos-compañeros


Sappho © Akbar Sim


Las palabras que transcribo, a continuación, pertenecen al testimonio de Christian Ide Hintze, uno de los fundadores de la Escuela de Poesía de Viena. Tuve la oportunidad de escucharlo hace unos meses en Orivesi (Finlandia), gracias a las milagrerías de la celuloide y la celulitis documental que, en este caso, honran lo que podríamos llamar, en cierto modo, el antiarte poético y transgresor de un hombre que cometió la «sabia locura», según Allen Ginsberg, de crear una escuela de poesía.

El caso es que Hintze nos cuenta allí, en un café vienés, con un jugo de naranja y una de esas tartas de chocolate amargo y mermelada de arándanos (mejor que la de albaricoque), que esas sabias locuras le vinieron de Eros (que, bien visto, tiene algo de la amargura del chocolate vienés y la lascivia del arándano). Y, por supuesto, me puse a pensar en mis alumnos-compañeros, en la alumna que he sido y soy, y por extensión, en mis maestros y maestras (unos y otros un poco amantes todos), y coincidí absolutamente con Hintze (de hecho, mi encuentro con él, allí, tuvo su iluminación) en que no hay aprendizaje ni vivencia poética, a la par inspiradora y trasformadora, sin erótica, así sea la mínima experiencia golosa y salival de una torta Sacher que entre en el alma por el chillido de un tenedor arañando el plato.

Recordemos que Bataille hablaba de tres eróticas: la erótica sexual, la erótica del corazón y la erótica de lo sagrado.

Allí, precisamente, en esos tres umbrales en los que experimentamos las transacciones entre cuerpo y alma, en esa «tensa emotividad» entre Psique y Eros, empiezo a situar lo que ha sido el descubrimiento y la reafirmación de cierta ars pedagógica: en el goce de la lengua de la lengua madre, ¡Ave María Purísima!, rebuscando y libando esos límites, esas comisuras.

*

Eros, atención y sensual apertura

Builders of poetry worlds
The Vienna Poetry School (schule für dichtung) video conversations with Christian Ide Hintze

Eros es algo así como una apertura sensual y fisiológica de la atención hacia uno mismo, hacia otra persona o hacia una relación. Creo también que Eros es el mejor estímulo para el aprendizaje. Uno puede verlo en Safo, la primera persona en la historia de la humanidad en describir a Eros en un poema: «Eros escudriñando otoños, como el viento de los robles en mis ramas y este temblor ... ». Y por lo que sabemos, Safo empleó precisa y deliberadamente este Eros al igual que la mayoría de los maestros en la Antigüedad como método de enseñanza. Una y otra vez, he comprobado que los encuentros de vida más decisivos o las más decisivas revelaciones, a partir de esos encuentros, ocurren cuando Eros está presente. Puede tratarse de un encuentro con un hombre o con una mujer; es algo que no se puede prever. Cuando eso sucede es difícil describirlo. Se comparte el mismo espacio y se respira el mismo aire. Y sentimos que junto a esa persona tan especial y en esa situación tan especial, lo que ocurre allí es algo igualmente emocionante y especial. Nuevos poderes de concentración nos son dados, acuden y crecen en nosotros: ese poder del pensamiento creativo y la fuerza que lo acompaña. Y la imaginación misma que, incluso, nos permite superar obstáculos materiales. Estas situaciones no duran mucho tiempo. Sería difícil estimar cómo podríamos prolongarlas porque tan solo un instante no es suficiente: es demasiado poco. Eros también tiene cierta duración. No me refiero ahora a un Eros que necesariamente constituya el preludio de un encuentro sexual. No tiene que ser en absoluto el caso. Es difícil de explicar. Se trata de una relación de tensa emotividad en la que es necesario un diálogo porque no se basta como monólogo. Podría también ser un monólogo: es posible que le suceda a una sola persona. Pero, tal vez, cuando les sucede a dos personas, surgen proyectos. Ese fue precisamente el caso de cuando se fundó la Escuela de Poesía. Estas situaciones nos siguen pasando hoy en día cuando llegamos a estados muy específicos que no necesariamente transmitimos verbalmente, sino, más a menudo, a través de la tensión física. Son situaciones de tensa emotividad en las que se hace posible que algo bullente irrumpa entre las grietas, fulgure de alguna manera y nos seduzca con su espíritu. Entonces, uno puede realmente volar. Este tipo de experiencias en las que «se puede volar» son todavía posibles.

martes, 1 de julio de 2014

La Mala


Puerto de Trieste (Italia). Junio, 2004


A La Mala la conocí en Duino hace diez años cuando estudiábamos el bachillerato en Italia. Así la llamaban: La Mala. Estaría entonces entre los dieciocho y los veinte. Era gorda y era la bomba. Ella misma dijo una vez que llegó a pesar tres cifras (más o menos así: $$$) y era la bomba. Un amor de Hiroshimas. Soplaba y engordaba. Y eso tenía su música.

Iba casi siempre con unos bluyines que enfundaba luego con un faldón floreado por encima y hasta los tobillos y con unos zarcillos redondos de fieltro rojo que había comprado en un mercadillo en Helsinki y que batía cantando «songoro-cosongo-songoré». Yo no diría exactamente que fuese gorda, sino abundante. Rubensiana. Y tetuda. Copiosa de tetas, más bien. Y era el colmo del exceso y del barroquismo porque casi siempre se le desbordaban por entre las costuras como si ellas mismas estuviesen a punto de liberarse como una ballena del sostén  (eran las Willy-Secret: llamémoslas así). Pero habría que verla otra vez como hace diez años, apechugando a unas y otros, y allí, entre una de María Guevara y la otra de Pilar Ternera, reclinaba la cabeza del cariñoso interlocutor que se quedaba entre almohadones y almidonado, corazónmente, allí, cucurruteando y caribeñeando frente al Adriático, y entonces le hablaba al oído, lo aconsejaba, le musicaba, lo enternecía, lo consolaba. La Mala. 

Hablaba poco inglés, pero tenía mucho lenguaje corporal (y nunca, que yo sepa, pasó hambre por eso; aunque de vez en cuando tenías sus enroques y deslices: el rap por el rape, Naples por nipples). Yo digo que si tenía algo del realismo mágico de la Guevara y la Ternera lo sacaba cuando exorcizaba y ponía a todo el mundo a barloventear (y por todo el mundo, me refiero a finlandeses, rumanos, lituanos, sudafricanos, chinos, musulmanes, catalanes, albinos y mochos, pero ¡ay! les advertía—: «No le pegue a la negra»). La de bachatas que se corría... Se iba al Mickey’s —el bar de Duino— y se montaba el Tropicana. Ya decía entonces que era más latina que Virgilio y, por esa época, tenía una cumbia vishera que le cantaban: «Ay, la Lore, ay la Lore Ma-la, baila, baila, pero no me a-ma».

Ya les digo, yo no diría exactamente que fuese gorda, sino que tenía mucho amor que dar. Y daba mucho porque le sobraba. Era rumbosa. Pero eso sí ¡quencúyere! cuando La Mala se ponía a enamorar o a enamorarse (ya La Lupe sabía que tenía que sacarse un tacón y enristrarlo y todo lo Sagrado subirse el cielo). Aquello venía seguro con catástrofe telúrica y profiterol. Sei tanto volcanica, le decía Viviana. Sei così sismica, le insistía Cristina. Y es que era todo eso: un amor en escala Richter. Un día, ya en Caracas, esculpiéndose en carnes en una bailanta (u orgipiñata, como cariñosamente las llamaban), en un movimiento tetudo y batiente, cacheteando y noqueando por igual a amigos que a desconocidos —era así de desmandada y carecía de esos pudores— ella misma se coronó y quedó así temida: Tsunami (mucho más exclamativa, con más papelillo, claro: ¡¡¡¡Tsunamiiiii!!!).

Qué divertida era la Mala, de verdad. Es que era la bomba calórica y el tsunami. La bomba de Ricky Martin y la bomba pastelera (de las que hacía La Agüela, de las que rebotaban). Y ni hablar de cuando se ponía a repartir besos (a veces los repartía y otras veces los infligía). Era como el personaje de Cortázar, pero en lugar de vomitar conejitos, a La Mala le daba por salivar y endulzar con besos que iba eligiendo y entrompando como de una bombonera. Pasaba que estaba muy viva y aquella vida creía que había que insuflarla dulcemente así, tal cual, sin bozales y boca a boca (cuánto nos divertimos con el cotillón de la bombonera, que sí que sí que no que no).

Creo que pocas veces me he reído tanto en estos diez años como con ella y con sus amigos. Aquel sentido del humor se descorchaba solo y ya era solo burbujearse y reírse encima, y sorber de la misma botella entre todos y dejarse espumar. Ah, y esa borrachera, esa alegría espumante del vino para mí ha sido —lo juro— la pura felicidad.

A partir de los últimos veintes, La Mala y yo dejamos de frecuentarnos. No sé exactamente qué pasó. La Mala fue adelgazándose (me consta que hizo algunos recortes presupuestarios y cambió la Nutella por la miel, y luego la miel por la Splenda), se escabullía creo—, tuvo miedo de algo. Entonces la eché mucho de menos. La extrañaba a bombonones. Siempre pensaba: «Aquí La Mala diría esto y haría aquello»«Seguro que La Mala no se habría perdido este bombardeo por nada del mundo». La Mala.

Supongo que puedo contarles todo esto de ella porque ya no somos (ni creo tampoco que podríamos volver a ser). Supongo también que les cuento todo esto porque fue una persona que me hizo muy feliz.  Esto es lo que pasa cuando se cumplen treinta años. Pasa que ya no soy La Mala y ustedes, quizá, ya tampoco son los que fueron, los que ella recordaría.

Todavía con el último de los veinte, cuando llegue esta tarde a Duino, en esta víspera del 3 de julio, me empezaré a despedir de ella. Allí nos reencontraremos diez años después, nos abrazaremos y brindaremos juntas a la salud de todos los que nos acompañaron en esta década. Brindaremos allí, en la copa alta del Adriático, brindaremos por nuestros grandes amores, por ustedes, los amores de toda una década.

Y, poco a poco, despediré a La Mala e iré bienviniendo a esa otra, a esa nueva desconocida que ya soy. 

Pero una copa esta copa siempre quedará servida entre nosotras.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Silvana


Todos los 21 de noviembre solía llamar  por su cumpleaños a mi madrina y maestra de literatura Silvana. Todos los 21 de noviembre desde que nos conocimos, incluso algún año desde Madrid, a donde me vine a seguir la vocación que ella me había contagiado. Esta carta fue lo que logré esbozar en un cuaderno el día que me enteré de su partida y que vale por todos estos años en los que nunca nos separamos.

*

La vida, la vida hay que gastarla, decías. Y que a la hora de entregarla sea un gesto leve, sencillo. No hay que tener miedo de perder la vida, de dar la vida.

Desde la capilla del Colegio, Manuel relató la delicadeza pasmosa de tu gesto. Te tenía agarrada de la mano cuando le pareció que la entregabas. Dijo que había sido el colmo de la discreción. Eran las cinco y media de la mañana del 12 de agosto. «Vi a mi madre bella, sonriente, con la boca pintada de rojo como se la había pintado mi hija. De repente se empezaron a escuchar unos aplausos. Era la lluvia que preparaba el cielo para recibir a una reina».

Después de este testimonio y de la misa de acción de gracias en la que nos reunió, salí al estacionamiento de nuestro Colegio San Ignacio y muy cerca de nuestro edificio de Humanidades me llegó de pronto un intenso olor de rosas. No me sorprendí. Silvana tenía eso milagroso de las santas. No me extrañó que se convirtiera en todo aquello: efluvio de rosas, lluvia de estrellas, las lágrimas de San Lorenzo (la noche de más actividad estelar en Caracas fue justo la del 12 de agosto).

En esa acción de gracias estaba demorándose cuando fui corriendo a Caracas a abrazarla, apenas supe de su enfermedad. Entonces, fui la hija pródiga que quiso volver a casa, desanduvo el camino, pero encontró la casa vacía, sin madre. 

Silvana fue mi maestra en el sentido más clásico, mi mentora de vocación, la miel tersa de la madre sobre la frente afiebrada. Como el poeta, a veces he creído que se hizo maestra para demostrarle a Dios que sus alumnos éramos inocentes. Porque para Silvana no había mancha en el Quijote.

Es posible que desde Borges nadie haya leído aquel libro con tanto goce, tanta devoción, tanta premura y tanta fe. Era su Biblia personal, su humanísimo escapulario. Hace más de diez años, cuando estaba en bachillerato, no sabía si lo había leído una docena de veces. En ella se conjugaba una conmovedora dualidad, una dualidad sin doblez: tenía esa vocación fáustica por el conocimiento, una honesta pasión por la lectura y por el aprendizaje equiparables a los que tenía por un buen cigarrillo y por los caramelos de regaliz y que he vuelto a ver con rareza y algún golpe de suerte en pocos profesores. Una vez escuché que a los once años ya había leído la Biblia dos o tres veces y un día me contó al teléfono que en una tarde deshojó Rayuela, mientras esperaba a uno de sus hijos en un cuarto de hotel en Nueva York. Muchas veces he pensado que Silvana era nuestra Sor Juana, una mujer extemporánea, excepcional, mística, erudita, «sagradamente mundana» y me atrevería a decir que, como todo espíritu avanzado, fue a la par una mujer admirada e incomprendida. Y sin embargo, como dijo uno de sus hijos «su excelencia no era intimidante, sino contagiosa; era una mujer de juicio que no juzgaba sino que sostenía las manos».

Sin embargo, a este prodigio de erudición se orillaba otro: su inocencia. Solo bastaba escucharla hablar de su infancia en Italia, en su Nápoles querido, narrar aquellos años de la guerra cuando durante los bombardeos inventaba historias en refugios improvisados en medio de la campagna italiana. Eso me lo contó una tarde mientras nos daba el sol en el balcón de su apartamento en Las Mercedes, tomando café, hasta que nos agarró la noche y seguimos conversando aunque ya no nos veíamos, justo como ahora, supongo. Ya en la penumbra empezamos a hablar de Vicente, su gran amor. La sensación que guardo de aquella conversación es la de un piano abierto. Siempre recuerdo su caligrafía con el apellido de Vicente junto a su nombre  Silvana Rennola de Losada, en cursiva, además, una enredadera briosa como la que dicen que juntó más allá de la muerte a Tristán e Isolda.

Sí. Solo bastaba con verla mirar: no había mancha.

Su partida nos devuelve a la indefensión de la infancia. Este agosto, recorriendo los pasillos vacíos del Colegio donde la perseguía siempre llena de preguntas, me sentí en un jardín huérfano con un juguete roto, uno de los más queridos, la rueca de Penélope, el olifante de Rolando.

Gracias, Silvana querida, maestra querida, gracias.

Así lo dejaste escrito con tu letra en el encabezado de un examen que encontré este agosto en una búsqueda desconsolada entre las cajas del sótano. Hoy, en tu día, vuelvo a ti estas palabras y las celebro en tu nombre, mi Silvana: «Pienso que todos los cielos, arcanos y presentes, te deberán bendecir cientos de veces».

Y para siempre.


jueves, 17 de octubre de 2013

Manifiesto Walser

Con José Ignacio Benítez






«Quizá se hayan dado repeticiones aquí y allá. Pero he de confesar que veo la Naturaleza y la vida humana como una serie tan hermosa como encantadora de repeticiones, y además quisiera confesar que contemplo esa misma manifestación como belleza y como bendición. Desde luego que en algunos lugares hay cazadores y degustadores de novedades, echados a perder por exceso de estímulo, ansiosos de sensaciones, hombres que ansían casi cada minuto goces no disfrutados aún. El poeta no escribe para tales gentes, como el músico no hace música para ellos y el pintor no pinta para ellos. En conjunto, la continua necesidad de goce y prueba de cosas siempre nuevas se me antoja un rasgo de pequeñez, falta de vida interior, alejamiento de la Naturaleza y mediana o defectuosa capacidad de comprensión. Es a los niños pequeños a los que siempre hay que mostrarles algo nuevo y distinto para que no estén descontentos. El escritor serio no se siente llamado a acumular material, ser pronto servidor de nerviosa codicia, y consecuentemente no teme algunas naturales repeticiones, aunque por supuesto se esfuerce siempre en prevenir con celo que no haya demasiadas similitudes».

-Robert Walser, El paseo (1917).

miércoles, 21 de agosto de 2013

El psicotrópico




Quiere uno hablar de la belleza derramada del trópico, de ese cáliz que desborda, de esta luz que nos pone de rodillas, del zorro que cruzó hace unos días el patio de mi abuela, de los fresones obscenos que venden los buhoneros en Plaza Caracas. Quiere uno besar esta tierra de gracia y digresionar, perderse en el embrujo de la selva húmeda tropical, uno, dos, tres clicks en el mapa, sí, aquí, maravilla pura, Caracas, Venezuela.

Quiere uno digresionar y, qué dolor, qué dolor, Mambrú, termina uno desgracionando. Basta con tener que pisar un ministerio, necesitar, por favorcito, una cédula, oh, pecado, hacer un trámite mínimo, renovar un pasaporte, como era mi caso hoy a las 6.25 de la mañana en el Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería de la Baralt. Siete horas de espera ya pude haber llegado a Mochima, mojar los pies aquí mismo en Patanemo, pero no, siete horas en una silla inmóvil de piñata sin cotillón, ahí, braceando con los pies, para morir ahogados en la orilla. Un clásico.

Al cabo de las siete horas llaneras, llego, por fin, al mostrador de Angie, le explico lo de la renovación, le explico que necesito volver a España, y va uno deshojando papeles, total, somos dueños del Amazonas, venga, va, que no somos finlandeses, veinticinco copias, Angie, cuánto vale aquel árbol de allá que necesito volver a España. Tala y quema, la pira burocrática. Todo parecía arder a favor, hasta que Angie tecleó el siniestro número y lo ingresó en “El sistema”.

Ay, mamita, aquí “El sistema” me dice que tú estás divorciada. ¿Tú no eres divorciada, verdad? Si no es así, no te puedo tramitar el pasaporte, reina, hasta que no me traigas una carta de soltería notariada porque si no está notariada no vale.

Uno de verdad quiere hablar bonito de Angie, piropear a esa morenaza simpática, contar lo linda que se veía masticando su chocolate blanco justo antes de teclear el siniestro número.

¡¿Divorciada?! ¡¿Yo?!

Como dice mi amigo Ángel, había que parar la escena allí e invitarle un guayoyito a Angie para explicarle lo francamente imposible, lo jurídicamente inviable que era que yo estuviera divorciada. Por mi madre, Angie, ¿con azúcar o así mismito, mi negra?

Mi amor, “El sistema”. No puedo hacer nada. Vente mañana con tu cartica y lo modificamos.

Allí comenzó mi desgracionar.  Después de siete horas, un madrugonazo llanero, tres cafés y treinta y cinco copias, cuarenta, sesenta “El sistema” supo mejor que yo de mi divorcio. Es más, por lo visto, anteriormente, comió tequeños, bebió güisqui y hasta me arrancó el liguero en mi propia boda (dado que supongo que hay que casarse primero para poderse divorciar), pero eso sí, después del divorcio me dejó indocumentada y loca en la repartición de bienes. “El sistema”. Una desgracia kafkiana, pura burundanga administrativa. Te pone a dudar, lo juro.

Mi historial con la administración pública de este país es para escribir el Desgracionario porque da para mucho desgracionar. A lo mejor usted cree que está felizmente casado, ¿verdad? Imagínese. En ese caso, tiene dos opciones. O blindar su fantasía y nunca jamás ocurrírsele someter su felicidad a la ruleta de la fortuna en la que consiste abandonar los dígitos de su cédula de identidad a “El sistema” (en ese caso, no le queda otro destino que vivir indocumentado, burlar las fronteras entre melones o guacales de yuca, entre balsas jineteras, o hacerse también el Jairo o la garota). O, si por el contrario, es grande su sospecha o su curiosidad acerca de los hilos profundos que mueven su vida conyugal, está disponible la opción de jugarse el tarot del Saime. Los escenarios son variados, insospechados, aleatorios y rocambolescos. El tarot del Saime puede arrojar sobre su cándido pañuelo todo tipo de arcanos: infidelidades, rupturas, casamientos, divorcios y defunciones. Y así desenmascarar a los actores conyugales o quizá revelarle su más oculto deseo (quizá, el mío, era el divorcio; no lo sé, ahora me pone a pensar). Otro oráculo bolivariano. El vergatario del esoterismo y la superchería. "El sistema".

Fígurense. El marido o la esposa que creía usted su compañero o compañera de vida, regio de salud, en plena flor de la juventud, puede que ya “El sistema” le haya diagnosticado algo si usted aparece como “viudo” o “viuda”. O, puede darse el caso de que a aquella relación que creía duradera, firme, finalmente asentada pueda entrarle, de pronto, la malaria de la duda si aparece usted como “divorciado” o “divorciada”. Ya lo pone a usted nervioso aquel incidente; un poco irritable, la confusión; y es probable que por la misma predisposición, “El sistema” acabe teniendo razón sobre su destino. Hay que pensárselo dos veces antes de mostrarle el número al brujo. Con suerte, saldrá usted ilesamente “soltero”, en caso de que no lo fuera, aparentemente con traumas menores y, por supuesto, deberá agradecerlo: “El sistema” habrá sido generoso con usted. Le habrá dado otra oportunidad.

Pero si se creía usted soltero —¡como hubiese jurado que era mi caso!— y resulta “divorciado-ado-ado” (con eco, por supuesto, como “culpable-able-able”) las probabilidades se tuercen. Ya está pensado uno en cambiar cerraduras, enterrar las morocotas de la abuela (aquella herencia ínfima), irse los jueves a Yesterday a buscar marido. Pero después de todo, después de aquel despelote fundacional, de aquel desvarío, uno lo que ve al final de la orilla, siete horas remando, la sed, la somnolencia, el delirio es a Murphy, a Morfi Rafael, sonriéndonos de lado, pelándonos el diente de oro.

De verdad, queridos míos, hace mucho que ya que no vivimos en el trópico, sino en el psicotrópico.


miércoles, 20 de febrero de 2013

Menudo eufemismo


—Entonces, ¿es guapo?
—Verás: tiene bonita letra.
—Será buen escritor.
—Ya te digo. Tiene una letra muy bonita.   

lunes, 18 de febrero de 2013

Feliz 1994






Omama llegó de Venezuela estas Navidades con un regalo para Carolina: una tarjeta que mi hermana había escrito con ocho años a tía Ilga, la hermana de mi abuela y que mi abuela encontró antes de su viaje. Hay dos cosas en este tipo de hallazgos que me resultan sobrecogedoras. La primera es la de recibir una carta que hemos escrito y que ha vuelto a nosotros pero, sobre todo, si la hemos escrito cuando éramos niños. La segunda es la de enfrentarse, nuevamente, a la letra de la infancia, ese diente roto (no creo que haya fragilidad más violenta).

Los que nacimos en 1984 estábamos a punto de cumplir diez años cuando mi hermana escribió estas líneas, pero todavía éramos un 9, un número solo, sobre un solo pie. También fuimos otro tipo de 9: un 10 menos 1. Un esto menos algo. Pero 1994 tenía la promesa de dos manos cumplidas y diez dedos.

Claro, a los nueve años nos faltaba un dedo en una mano. Teníamos una mano más humana y otra más anfibia. Qué decir de la mano de mi hermana, esa otra mano siniestra y pajaril de tres dedos con la que a los ocho años, sin temblor ni falta, suscribió que 1994 sería feliz. Los que nacimos en 1984 tendríamos dos manos nuevas, recién florecidas y a ella solo le faltaría la promesa de un último dedo. 

Tía Ilga murió seis años después, en el 2000, con casi noventa dedos (con noventa dedos todavía la vi tocar el piano en Nochebuena; luego el piano se cerró y se quedó sin dedos y el resto de las Nochebuenas sin tante Ilga el piano se escuchaba así: como un puño cerrado). Un día como hoy, también, mi abuela Ligia cumpliría noventa y un dedos.

Quizá nacer sea entrar al mundo con las manos limpias, con dos puños ciegos y simples: sin anillos. Porque cuando crece el primer dedo ya nos inicia en la aritmética de los préstamos y las deudas, del cálculo, de suma diez y llevo una, de los dedos como dígitos. Ya todo es cuestión de tiempo para aprender a alargar los dedos y robar la fruta. Y así, de pronto, se acaba la infancia: con la primera huella dactilar sobre un expediente y una cáscara.

No recuerdo si 1994 fue un año feliz como suscribió mi hermana con su mano pajaril de tres dedos. Yo debí serlo y seguro que lo fui porque, a saber, ya no me faltaba ningún dedo. Vivía, podría decir, una era plenamente digital (aunque para lo digital a mí siempre me han faltado dedos). En todo caso, a los que nacimos en 1984 la felicidad nos duró, supongo, hasta 1995. Porque cuando cumples 11 años descubres que todos tenemos, al menos, un dedo postizo. A partir de 1994 me empezaron a sobrar dedos, pero nunca dejó de faltarme ese, el más falso y también, como en todos, el más acusador.

Yo hubiese preferido, simplemente, esa otra mano pajaril de tres dedos que escribió Feliz 1994, que sabía escribir.