viernes, 16 de enero de 2015

Eros, atención y sensual apertura


Para un ars pedagógica

A mis alumnos-compañeros


Sappho © Akbar Sim


Las palabras que transcribo, a continuación, pertenecen al testimonio de Christian Ide Hintze, uno de los fundadores de la Escuela de Poesía de Viena. Tuve la oportunidad de escucharlo hace unos meses en Orivesi (Finlandia), gracias a las milagrerías de la celuloide y la celulitis documental que, en este caso, honran lo que podríamos llamar, en cierto modo, el antiarte poético y transgresor de un hombre que cometió la «sabia locura», según Allen Ginsberg, de crear una escuela de poesía.

El caso es que Hintze nos cuenta allí, en un café vienés, con un jugo de naranja y una de esas tartas de chocolate amargo y mermelada de arándanos (mejor que la de albaricoque), que esas sabias locuras le vinieron de Eros (que, bien visto, tiene algo de la amargura del chocolate vienés y la lascivia del arándano). Y, por supuesto, me puse a pensar en mis alumnos-compañeros, en la alumna que he sido y soy, y por extensión, en mis maestros y maestras (unos y otros un poco amantes todos), y coincidí absolutamente con Hintze (de hecho, mi encuentro con él, allí, tuvo su iluminación) en que no hay aprendizaje ni vivencia poética, a la par inspiradora y trasformadora, sin erótica, así sea la mínima experiencia golosa y salival de una torta Sacher que entre en el alma por el chillido de un tenedor arañando el plato.

Recordemos que Bataille hablaba de tres eróticas: la erótica sexual, la erótica del corazón y la erótica de lo sagrado.

Allí, precisamente, en esos tres umbrales en los que experimentamos las transacciones entre cuerpo y alma, en esa «tensa emotividad» entre Psique y Eros, empiezo a situar lo que ha sido el descubrimiento y la reafirmación de cierta ars pedagógica: en el goce de la lengua de la lengua madre, ¡Ave María Purísima!, rebuscando y libando esos límites, esas comisuras.

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Eros, atención y sensual apertura

Builders of poetry worlds
The Vienna Poetry School (schule für dichtung) video conversations with Christian Ide Hintze

Eros es algo así como una apertura sensual y fisiológica de la atención hacia uno mismo, hacia otra persona o hacia una relación. Creo también que Eros es el mejor estímulo para el aprendizaje. Uno puede verlo en Safo, la primera persona en la historia de la humanidad en describir a Eros en un poema: «Eros escudriñando otoños, como el viento de los robles en mis ramas y este temblor ... ». Y por lo que sabemos, Safo empleó precisa y deliberadamente este Eros al igual que la mayoría de los maestros en la Antigüedad como método de enseñanza. Una y otra vez, he comprobado que los encuentros de vida más decisivos o las más decisivas revelaciones, a partir de esos encuentros, ocurren cuando Eros está presente. Puede tratarse de un encuentro con un hombre o con una mujer; es algo que no se puede prever. Cuando eso sucede es difícil describirlo. Se comparte el mismo espacio y se respira el mismo aire. Y sentimos que junto a esa persona tan especial y en esa situación tan especial, lo que ocurre allí es algo igualmente emocionante y especial. Nuevos poderes de concentración nos son dados, acuden y crecen en nosotros: ese poder del pensamiento creativo y la fuerza que lo acompaña. Y la imaginación misma que, incluso, nos permite superar obstáculos materiales. Estas situaciones no duran mucho tiempo. Sería difícil estimar cómo podríamos prolongarlas porque tan solo un instante no es suficiente: es demasiado poco. Eros también tiene cierta duración. No me refiero ahora a un Eros que necesariamente constituya el preludio de un encuentro sexual. No tiene que ser en absoluto el caso. Es difícil de explicar. Se trata de una relación de tensa emotividad en la que es necesario un diálogo porque no se basta como monólogo. Podría también ser un monólogo: es posible que le suceda a una sola persona. Pero, tal vez, cuando les sucede a dos personas, surgen proyectos. Ese fue precisamente el caso de cuando se fundó la Escuela de Poesía. Estas situaciones nos siguen pasando hoy en día cuando llegamos a estados muy específicos que no necesariamente transmitimos verbalmente, sino, más a menudo, a través de la tensión física. Son situaciones de tensa emotividad en las que se hace posible que algo bullente irrumpa entre las grietas, fulgure de alguna manera y nos seduzca con su espíritu. Entonces, uno puede realmente volar. Este tipo de experiencias en las que «se puede volar» son todavía posibles.

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